El amanecer despierta despacio,
como si el cielo temiera romper la noche.
Se estira en hilos de oro,
como manos suaves que rozan el mundo
para recordarle que aún está vivo.
La oscuridad retrocede sin pelear,
como si supiera que ya cumplió su tarea.
Y entre los bordes del silencio
se cuela la primera luz,
tibia, tímida,
como un pensamiento que nace
sin permiso del miedo.
El aire cambia su forma,
ya no es frío ni sombra,
sino un puente entre lo que dolió
y lo que todavía puede ser.
Los árboles despiertan de sus sueños,
las hojas tiemblan,
y el viento lleva consigo
susurros que nadie escribió.
Hay algo sagrado en este momento,
algo que no necesita nombre.
Es como si el mundo respirara contigo,
como si te dijera en voz baja:
“Hoy también puedes empezar.”
El brillo del amanecer
no grita, no exige,
solo abre puertas.
Y aunque la noche dejó cicatrices,
la luz las toca con paciencia,
como si supiera que incluso lo roto
puede reflejar algo hermoso.
Y ahí estás tú,
de pie frente a ese borde de luz,
sin saber si caminar hacia ella
o quedarte un segundo más
en la seguridad de la sombra.
Pero el sol no espera,
no empuja,
solo te ofrece un camino.
Y quizás no sea una promesa,
quizás no sea una respuesta.
Pero es suficiente para dar un paso.
Y luego otro.
Y otro.
Porque a veces,
todo lo que necesitas
para seguir viviendo
es el brillo del amanecer.
13/04/2026