Mari.o

AMÉRICA Y LA TORRE DE BABEL

PRÓLOGO A UNA IDENTIDAD

 

Este breve entusiasmo nace de una certeza profunda: América es un mapa trazado por la fraternidad de su gente. Tras siglos de una historia compleja y desafiante, nuestro continente ha logrado una hazaña cultural extraordinaria: convertir un pasado de encuentros y desencuentros en un presente de voces que se reconocen, transformando las cicatrices del pasado en un puente de fraternidad mestiza.

 

De esta suerte, las líneas que siguen son el reconocimiento de esa patria sin fronteras: el asombro de sabernos hermanos en cualquier orilla de nuestra tierra.

 

AMÉRICA Y LA TORRE DE BABEL

 

América posee una singularidad que germina en su historia y florece en la fraternidad. Un rasgo nos une de forma indisoluble: la lengua. Una lengua que derriba fronteras de espacio y tiempo; un territorio donde nos reconocemos hermanos desde México hasta la Patagonia, atravesando selvas, bosques, mares, ríos y lagos. Bajo este cielo, sentirse solo no es una opción, porque quien habita este lenguaje habita su hogar, y lo encuentra siempre en la cadencia de la música, en la agudeza del humor y en la calidez del encuentro.

 

Nuestro idioma es un privilegio, una identidad que enriquece nuestra capacidad de asombro y entendimiento. Más allá de los pensadores que le dieron lucidez al pensamiento americano, las personas como tú y yo podemos sabernos hermanos, nunca extraños ni enemigos de mundos distantes. Por tanto, América no es exclusión ni es aislamiento: nuestra América son las manos que trabajan la tierra, el eco de los ancestros, la fuerza de las tradiciones y los brazos abiertos al mundo entero.