El hombre de la orquidea

Alborada

I. La Tregua y el Perdón

I. La Tregua bajo el Ciprés

Me detuve ante el frío del granito,

donde el nombre se vuelve eternidad;

fui a romper el silencio y el mito,

con la ofrenda de mi propia verdad.

Frente a quien ayer fue mi frontera,

hoy deshojo mi fe, mi alma entera.

II. La Venia de la Eternidad

Oh, guardiana que habitas la altura,

tú que ves lo que el ojo no alcanza:

ya no existe el rencor ni amargura,

solo el peso de esta santa alianza.

A tus pies deposito mi historia,

implorando la paz para tu memoria.

III. El Vigía de la Estirpe

Sé tú el faro que guíe su rastro,

mientras yo, desde el polvo y la arena,

seré el ruego, el escudo y el astro

que mitigue su sombra y su pena.

No reclamo su mano ni el puerto,

solo el bien de su mundo despierto.

IV. La Ofrenda del Minuto

No codicio la gloria del tiempo,

ni el laurel de un eterno destino;

me basta ser luz, contratiempo,

un alivio fugaz en su camino.

Que florezca su risa y su anhelo,

aunque yo solo mire desde el suelo.

II. El Decreto del Amor Sagrado

V. El Sello en el Corazón

Ponme como un sello sobre tu brazo,

como una marca de luz en el alma;

que no rompa el tiempo nuestro lazo,

mientras yo cuido tu puerto y tu calma.

Si el amor es fuerte como la muerte,

mi fe es el prisma que logra vencerte.

VI. El Puerto de mi Vida

Si alguna vez quisiera anclar otro destino,

o abrir mi puerto a una nueva marea,

será tarde ya, pues mi único camino

es el rastro tuyo que mi alma desea.

Tú ocupas el centro, la luz y el altar,

nadie más tiene permiso de entrar.

VII. Sangre de mi Sangre

No habrá nadie más que ocupe el vacío,

porque ese lugar está lleno de ti;

eres la corriente que nutre mi río,

el \"sí\" más profundo que al cielo le di.

Transitas mis venas, mi sangre y mi acento,

eres mi pulso y mi fiel pensamiento.

VIII. El Ruego de la Transmutación

Si el Altísimo ha escrito el desvío

y mi nombre no habita en su aurora,

arranca este fuego, Señor, te lo fío,

que esta angustia ya no sea mi hora.

Que el amor se transforme en fragancia,

y el apego en sagrada distancia.

III. El Mandato del Alfarero

IX. La Cátedra de mi Corazón

Sé que no me pides solo la ciencia,

ni el dato frío que el libro te dio;

Tú quieres, Señor, mi propia existencia,

como el mapa vivo que Tu amor trazó.

Yo quiero enseñar desde la paciencia,

con el mismo fuego que a mí me salvó.

X. Mi Ofrenda de Artesano

Aquí soy el barro, también soy la mano,

que quiere moldear con suma humildad;

busco ver en cada joven hermano,

un templo sagrado de Tu Verdad.

Deseo ser un docente más humano,

vistiendo de Gracia mi autoridad.

XI. Mi Atalaya de Fe

Subiré, Señor, a mi alta torre,

para cuidar el sueño de quien no te ve;

que Tu agua de vida a través de mí corra,

para que el sediento recobre su fe.

Que el miedo en otros por mi voz se borre,

porque en mis palabras... ¡Tú te pondrás en pie!

XII. El Obrero del Puerto

Dejo de lado cualquier renombre,

y acepto el sitio que Tú me asignes;

quiero ser el puerto donde el otro hombre,

encuentre la paz que Tú en mí sostienes.

Yo diré al mundo Tu santo nombre,

con la misma honra que de Ti me viene.

IV. La Misión del Custodio

XIII. El Faro de los Pasos

Alumbra, Madre, cada movimiento,

cada palabra y cada decisión;

que sea Tu luz el mismo pensamiento,

que dé sentido a mi restauración.

Que no me mueva el fútil sentimiento,

sino el amor de eterna dimensión.

XIV. Ayuda desde el Silencio

Si el destino separa nuestras manos,

seguiré siendo el guía no advertido;

velando por sus sueños soberanos,

desde el lugar por Dios ya permitido.

Como lo hacen los astros lejanos,

cuidando el rumbo de lo que he querido.

XV. Mi Soplo Invisible

Velo por su senda, velo por su vida,

desde el místico altar de mi hondo silencio;

soy esa fuerza por ella no oída,

que borre de su alma cualquier desaliento.

La amo, Señor, con alma encendida,

siendo el soplo invisible de Tu mismo aliento.

XVI. El Salario del Alma

Mi gran salario es verla restaurada,

feliz, segura y plena de Tu luz;

con la mirada limpia y sosegada,

bajo la sombra de la Santa Cruz.

¡Soy el obrero de la alborada,

el que su vida por amor traduz!

V. La Paz Restaurada

XVII. El Despertar del Liberto

He lavado mi frente en el viento,

he soltado el lastre del muro;

mi amor no es ya un tormento,

es un pacto radiante y puro.

Duermo en paz, bajo el manto divino,

siendo el dueño de mi propio destino.

XVIII. Mi Lugar de Envío

Ubícame, Padre, donde haga falta,

una palabra de luz y de consuelo;

donde la voz de justicia se exalta,

y el corazón encuentre su anhelo.

Que mi presencia sea la paz más alta,

el rastro de Tu sombra en este suelo.

XIX. Mi Canal de Verdad

Yo soy el pincel, Tú el Artesano,

pinta con verdad cada jornada;

que extienda yo siempre al débil mi mano,

con la frente de paz, siempre lavada.

Que el joven vea en mí a un fiel hermano,

y en mis ojos, Tu luz sea reflejada.

XX. Mi Amén de Artesano

Acepto con gozo el nuevo destino,

guardo los post-its de amor y lealtad;

y hoy, al marcharte por otro camino,

llevo por bandera Tu santa verdad.

Yo soy, Señor, Tu humilde artesano,

viviendo por siempre en Tu voluntad.

XXI. La Paz que Restauraste

Ya no tengo temor al destino,

pues sé que Tú sostienes mi travesía;

hago del amor mi único camino,

y de la justicia, mi santa alegría.

¡Soy instrumento de Tu plan divino,

bajo el amparo de Tu compañía!