A sabiendas de qué
Eras actualmente
La Dueña de mi presente,
tú, que ferviente juraste
ser la última encargada
De este soreco corazón
Has partido.
Yo que pensé que con usted
Debía guardarlo todo
Alejarme de lo que el mundo
Tenía para ofrecer
Dejarme en claro
Que a partir de ayer
Cada marzo
Sería suyo
Y mío.
Pero no fue así
Has partido.
Tres minutos.
Tenía tres minutos para decírtelo todo.
Para postrarme ante ti
y explicarte por qué no debías irte.
Tres minutos para entregarte
el amor de cincuenta años
en un suspiro de reloj.
Te fuiste a las 16:12.
Y a las 16:15 ya buscaba seguir tu senda,
para gritarte
Para rogarte y suplicar como siempre;
«Vuelve, volvamos, empecemos de nuevo».
Pero tienes razón.
Siempre la tienes:
«No hay momento perfecto para terminar».
Ahora solo espero que el tiempo
y tu desprecio, sean amables conmigo.
Que tu memoria guarde mis pasos
y jamás pienses que lo que te escribí
resultó calcado, hueco o vacío.
Ahora entiendo a las palmeras
que observo al volver a casa:
echaron raíces en tierra seca,
sin más destino que ese.
No importaba nada más;
era el final.
Marchitarse y morir.
No vengas a buscarme, Esmeralda.
Me verás como nunca quisiste verme:
triste, despojado.
Andando con el tocadiscos de siempre,
hundiéndome en la misma miseria
por la misma alegría
de saber amar sin medida.
De saber amarte
como se ama de verdad:
una sola vez
y para toda la vida.