EL DÍA QUE NO ACEPTÉ EL CONTRATO
No he venido —digo— a cumplir este mandato.
La vida es un papel que nunca firmé.
Y mi rostro, señores, no es más que el error
de un Dios distraído al dibujar la arcilla.
Me duele la convención de ser hombre:
tener dos manos que no saben curar
y una espalda que solo sirve de poste
para los carteles de la pena ajena.
Yo me niego a esta aritmética sencilla
donde uno más uno es siempre cero.
Quiero quebrar la regla, escupir la ley
que dicta que el dolor debe pagarse
con una moneda distinta al grito.
El destino no es más que una tijereta
que corta el hilo antes de vestirte.
Y la esperanza, un mueble viejo
que se apolilla en la casa del que no pregunta.
Y si me muero, que no sea de cansancio,
sino de la rabia limpia de haber dicho “No”
al reparto injusto de todas las migajas.
Mi único acto de fe
es negarme a heredar
el dolor que otros llamaron destino.
© Nelly Cevallos / Liora