Señor… no me pidas soltar la vida,
si la vida nació de tu aliento.
Soy barro que respira tu soplo,
latido guardado en tu tiempo.
¿Quién soy yo
para apagar la llama
que encendiste en mi pecho
con tu eterna palabra?
Sí… el dolor atraviesa,
lo miro y lo sostengo,
porque tu Hijo en la cruz
también bebió el silencio.
Y si la carne tiembla,
y si el alma se rompe,
tu voluntad me sostiene…
aunque todo me nombre.
Pero mírame, Dios…
mírame aquí, en la herida.
Cada aliento es un filo
desgarrando la vida.
No te pido olvidarte,
no renuncio a tu cielo,
solo pido un descanso…
un respiro sin duelo.
¿También estás conmigo
cuando el cuerpo se rinde?
¿cuando el grito del alma
ya ni al cielo se dirige?
No anhelo la muerte…
te lo digo de frente,
solo quiero silencio
donde el dolor no me encuentre.
III. EL ENCUENTRO
Y tú callas, Señor…
y en tu silencio me abrazas.
La fe llora en mi pecho,
el dolor no se aparta.
Entre tu cruz y el descanso
queda el alma suspendida…
y de rodillas te entrego
lo que queda de mi vida.
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