Eduardo Villacal (seudónimo)

Disparador

Bordó un futuro con anillos de oro y lunas de miel. 
Bordó un futuro y se trazó un camino, 
férreo, como las vías de un tren certero.
Se hizo en la disciplina dura, 
y a veces algo ingrata, de apostarse 
a lo que los incrédulos llamamos amor. 
Algo me dice que eso encaja dentro de una lógica 
—lógica que no comprendo, aunque sé que existe.
Lo vi en sus labios, temblando como cristales de rocío.
Sí, allí debo haberlo visto.
Porque parece no existir todo lo que ella hace. 
Ella misma es todo un romance 
con sus gestos triviales, 
como emergidos de la furia 
de una vida incomprensible y mutable.
Yo había oído del amor,
pero tanta devoción no era imaginable para mí.
Porque siempre fue una cuenta entre tiempos y lugares.
Como un viento que no es fácil de atrapar, 
pero que no es difícil de soltar.
Quizás por eso nunca pude concebir, 
ni aún en la abstracción más simple o insolente,
las señales de un amor eterno y sorprendente.
Pero cuando llegue el tiempo 
de recalcular los vientos imprecisos, 
tal vez sea tu pecho, 
el lugar donde acunarse.