Lourdes Aguilar

ESTE NO ES UN CUENTO DE HADAS

Érase una vez, en un país muy cercano, en la colonia Lomas Jodínez vivía una hermosa joven llamada Sofía que vivía con su papá don Samuel y su mamá doña Flora, Sofía había crecido sin lujos pero con lo necesario para vivir dignamente, doña Flora había tenido tres hijos de los cuales Sofía era la menor, sin embargo y a pesar de los cuidados y consejos de doña Flora, Sofía no mostraba más interés que en su arreglo y en asistir a cuanta pachanga le invitaban (lo cual era bastante seguido) don Samuel por su parte no intervenía más que para reforzar los consejos de su esposa; sus trabajo como operador de maquinaria lo había agotado con los años y no tenía energía ya para corregir a su hija a quien la belleza le había “sumido la mollera” , como él decía pues terminó de panzazo la secundaria y ahora a sus veintitrés años no tenía trabajo fijo ni ganas de conservar uno y mucho menos el deseo de aprender un oficio o una carrera. 

A doña Flora le preocupaba su hija que parecía vivir como en una burbuja sin pensar en el futuro, el dinero que ganaba se le iba en mensualidades de gimnasio, salones de belleza y ropa ¿a quién le había salido? Tal vez a la bisabuela Perla, de quien decían fue altiva y presumida como ella a su edad hasta que al pasar por una construcción los albañiles le gritaron que tuviera cuidado, pero Perla en lugar de alertarse alzó despectivamente la cara y siguió caminando sin percatarse de que unos pasos más adelante había una zanja abierta donde fue a caer de bruces, desde entonces quedó renga , con tremenda cicatriz en la frente y medio loca. 

La belleza de Sofía despertaba admiración en los hombres desde luego, vecinos y compañeros de trabajo la invitaban, a veces con serias intenciones, pero los diálogos con su madre siempre eran iguales: 

-Mijita, Fernando es un buen muchacho, es respetuoso y trabajador, sin vicios ¿por qué no quieres salir con él? 

-¿Fernando? ¡Jamás! Es panzón y prieto como un sapo. 

O también: 

-Sofi, te vino a ver Oscar ¿por qué no platicas con él? Acaba de terminar su carrera y está ahorrando para comprar un terrenito. 

-¿Oscar? ¡Jamás! Es pelón y tiene los ojos tan saltones como un sapo. 

-Nena, Raúl te está invitando a su cumpleaños ¿por qué no vas? 

-¿Raúl? ¡Jamás! ¡Anda en moto y está todo moteado como un sapo! 

Así sucesivamente los candidatos fueron convenciéndose de que Sofía era tan hermosa como inútil y engreída y continuaron sus vidas; Sofía por su parte continuaba su ritmo hasta que conoció a Jairo, Jairo era un apuesto muchacho de buena posición que heredaría la empresa de alimentos procesados donde ayudaba a su papá, Sofía no perdió la oportunidad de lanzar el anzuelo, Jairo por su parte no era muy afecto a trabajar, su paso por la escuela universitaria fue más bien desastrosa, sobrevivió gracias a su vista de halcón y a sobornos tanto para los profesores como a sus compañeros y así, con un título comprado sus aficiones eran tan superficiales como los de Sofía así que, como se dice: Jairo era la horma de su zapato y aunque doña Flora no auguraba nada bueno ya no le quedaba más remedio que dejarla a su albedrío. 

Después de unos meses decidieron irse a vivir juntos y para ellos Jairo alquiló un bonito departamento en una zona residencial y el día que fue por Sofía, ella estaba ya arreglada y con su maleta lista, Jairo llegó en una camioneta Ram pick up del año, Sofía lo recibió sonriente pensando que por fin su vida estaba solucionada y a partir de ahora se cumplirían todos sus sueños; al llegar al departamento se dieron una refrescante ducha y, una vez acostados y con ganas de consumar sus deseos carnales se despojaron de sus prendas con frenesí, luego se acostaron entre las sábanas olorosas a jazmín, sobre el colchón ortopédico king size disfrutando con los ojos cerrados el momento erótico que los llevaría al clímax y al conocimiento íntimo...pero Sofía comenzó a sentir algo extraño : los besos tan candentes de Jairo empezaron a enfriarse y su cuerpo...su cuerpo empezó a deformarse, empequeñecerse, su piel a percibirse cada vez más fría, Sofía creyó que soñaba, que todo era imaginación suya, pero no, físicamente algo terrible estaba pasando; sus brazos solo apretaban las sábanas, como si el cuerpo de Jairo se hubiera desvanecido antes del acto, entonces fue cuando abrió los ojos y pudo ver horrorizada entre las sábanas un panzón, prieto y moteado sapo. 

Moraleja: “Aunque el sapo se vista de príncipe, sapo se queda” o “Si eres tóxica, hasta el príncipe se convertirá en sapo”