invictool

Mi yo- no me olvides

Y otra vez empezó.

Sin aviso.

Sin descanso.

 

Mi mandíbula se tensa

antes de que pueda pensar,

como si algo dentro de mí

ya supiera lo que viene…

 

—Otra vez tú…

—Nunca me fui.

 

—¿Por qué no paras?

—Porque si paro, te olvidas de mí.

 

—No me estás salvando.

—Me preocupo por ti.

 

—Me estás agotando.

—Prefiero eso a que no veas que te estás rompiendo.

 

Silencio.

Pero dura poco.

 

—Déjame respirar.

—No tienes tiempo.

 

Mi pecho se aprieta.

Mi cabeza no se calla.

 

—Solo quiero estar tranquilo.

—Tranquilo es bajar la guardia.

 

—No todo es peligro.

—Para mí sí.

 

—Entonces vete.

—No puedo.

 

—¿Por qué?

—Porque soy tú.

 

Algo se rompe ahí.

O quizá ya lo estaba.

 

—Entonces ayúdame de otra forma.

—No sé cómo.

 

—Pues aprende.

—Tú tampoco sabes.

 

—…

—…

 

Los pensamientos vuelven,

uno tras otro.

Más rápidos.

Más cerca.

 

Mi mano tiembla.

La mandíbula se aprieta.

 

—Vas a fallar.

—Cállate.

 

—No eres suficiente.

—Cállate.

 

El pulso se acelera.

Y aparece ese impulso,

esa necesidad de sacar todo fuera,

de arañarme por dentro para parar el ruido.

 

—Eres un pringao.

—…

 

—Eres débil.

—¡Cállate!

 

—Mírate.

—…

 

—No sabes lo que haces.

—Para…

 

El corazón golpea fuerte,

como si quisiera salir.

 

—La estás cagando otra vez.

—He dicho que pares.

 

Silencio.

Pero no calma.

Presión.

 

—Sin mí, te hundes.

—Y contigo también.

 

Me mareo un segundo.

Todo se inclina.

 

Respiro.

O lo intento.

 

—Tengo miedo.

—Lo sé.

 

—No quiero vivir así.

—Entonces no me ignores.

 

—No sé cómo hacerlo.

—Empieza por no huir.

 

Y se queda.

No se va.

 

Solo sigue conmigo.

Porque en el fondo…

aunque duela admitirlo…

es el único que me escucha.

 

—Si desaparezco, te pierdes.

—Si te quedas así, me rompo.

 

Y ninguno de los dos

sabe cómo salvarnos.