Comprendo que toda existencia posee un origen y, de manera inevitable, aguarda su propio ocaso. El sol emerge victorioso rasgando el alba, solo para ocultarse al llegar la noche tras una cortina de sombras. El canto jubiloso de la golondrina que nos despierta se desvanece en el silencio; desde el florecer de una rosa hasta el primer llanto de un infante, todo está marcado por un principio y un final absoluto.
Del mismo modo, la tinta de mi bolígrafo se agotará; lo que hoy es presencia, mañana será ausencia, pues incluso los vínculos humanos parecen tener una fecha de caducidad. Cuando mi pluma cese su movimiento, los versos se detendrán y no habrá ya forma de seguir narrando. Mi único refugio es saber que han quedado estrofas escritas, poemas que deposité en tu buró como testigos silenciosos. Guardo la esperanza de que, a través de ellos, aún puedas percibir el eco de mi voz.
Deseo que una certeza permanezca intacta: has sido, eres y serás por toda la eternidad el amor de mi vida. Te prometí amarte hasta la última rosa, y por ello he custodiado esa flor como mi tesoro más sagrado, un símbolo de lo que no perece.