Soledad
Encontré en tu mano extendida amor, seguridad,
un refugio a mi alma herida,
un puerto donde anclar mi tempestad.
Alimentaste mis sueños, hiciste fecunda mi alegría,
como la lluvia que despierta la tierra dormida.
Creaste para mí mil fantasías,
castillos de niebla, jardines de poesía.
Me hiciste musa, heroína,
ganadora de batallas donde los sentimientos germinan,
donde el miedo se quiebra y la luz se adivina.
Y sin embargo,
cuántas noches te maldije con voz ronca,
cuántas veces te llamé vacío, silencio hueco,
presa sin llave, cordel sin nudo.
Te vestí de sombra, de ausencia, de frío,
y en mi orgullo ciego,
te hice verdugo de lo que era mío.
Pero el tiempo —ese lento aprendiz—
me fue mostrando el espejo sin disfraces.
No eras tú quien me robaba el aliento,
sino mi propio miedo a mirarme dentro.
Tú solo estabas, fiel, intacta,
como el desierto que no juzga al sediento.
Ahora sé que no hay peor cárcel
que habitar mal contigo misma,
y no hay más vasto cielo
que aprender a caminar sin otra sombra que la propia.
Soledad, eres mi amiga…
y yo, que te culpaba de mis agonías,
cuando equivocada estaba, me encontraba perdida.
Hoy te abrazo sin reservas,
te ofrezco mi costado más sincero,
porque en tu quietud descubrí un templo,
y en tu aparente nada, un universo entero.
Quédate conmigo,
no como látigo ni como olvido,
sino como el viento que sabe mi nombre,
como la página en blanco donde escribo
que estar sola no es estar rota,
sino estar entera, aunque sin dueño,
y que la más fiel compañía
es esta paz que aprendí a llamar hogar.
—Luis Barreda/LAB
Montrose, California, EUA
Mayo, 2022.