I. El aroma del nombre
Como ungüento derramado es tu memoria,
perfume que en mis horas se derrama;
no busco ya el laurel ni la victoria,
sino el silencio de esta fe que ama.
Tú eres la viña que el Señor plantó,
yo soy el guarda que el amor eligió.
II. Tras las celosías
Te busco en el Cantar, por plazas y calles,
entre lirios de campo y sombras de cedro;
te hallo en el aire de todos mis valles,
en el suspiro fiel que al cielo le cedo.
Estás tras la pared, mirando la ventana,
como el rocío que anuncia la mañana.
III. El invierno ha pasado
Me dices: \"Levántate... y ven\",
porque el invierno del dolor ya se ha ido;
hoy florece en mi alma un nuevo edén,
donde el trauma por fin se queda dormido.
La tórtola canta en nuestra tierra hoy,
y en cada latido... hacia Dios yo voy.
IV. El sello en el corazón
Ponme como un sello sobre tu brazo,
como una marca de luz en el alma;
que no rompa el tiempo nuestro santo lazo,
mientras yo cuido tu puerto y tu calma.
Si el amor es fuerte como la muerte misma,
mi fe es el prisma que el dolor abisma.
V. El puerto clausurado
Si alguna vez quisiera anclar otro destino,
o abrir mi puerto a una nueva marea,
será tarde ya, pues mi único camino
es el rastro tuyo que mi alma desea.
Tú ocupas el centro, la luz y el altar,
nadie más tiene permiso de entrar.
VI. Sangre de mi sangre
No habrá nadie más que ocupe el vacío,
porque ese lugar está lleno de ti;
eres la corriente que nutre mi río,
el \"sí\" más profundo que al cielo le di.
Transitas mis venas, mi pulso y mi pensamiento,
eres mi sangre y compañía en todo momento.
VII. La misión recomendada
Eres la promesa que el Cielo me dio,
la misión sagrada que Dios me encargó;
un mandato tierno que en mí floreció,
y que mi espíritu por siempre abrazó.
Cuidar de tu esencia es mi ministerio,
viviendo tu amor como un gran misterio.
VIII. Presencia en los elementos
Estaré por ti en la brisa y el viento,
en el sol de agosto y la lluvia de abril;
seré en la distancia tu fiel pensamiento,
bajo la tormenta o el tiempo febril.
En la salud alta o en la enfermedad,
yo seré tu sombra con fidelidad.
IX. El rezo constante
En el hondo silencio de mi soledad,
elevaré al Padre mi diaria oración;
pidiendo por ti con total humildad,
entregando en preces mi propio perdón.
Que Nuestro Creador bendiga tus días,
mientras yo te cuido por sendas baldías.
X. El guarda de la viña
Aunque no estés cerca, físicamente,
eternamente vives en mi corazón;
eres el fuego que habita en mi mente,
el místico pulso de mi salvación.
Velar por tu vida es mi solo empeño,
siendo el centinela que cuida tu sueño.
XI. El sabor del silencio
Amo con tal hidalguía y pulcritud,
que no necesito tu voz ni presencia;
me basta saber que gozas salud,
y que Dios habita en tu propia inocencia.
Mi amor no es demanda, es solo un sagrario,
donde rezo por ti mi fe y mi rosario.
XII. El regalo divino
Tú fuiste la enviada para restaurarme,
el ángel de carne que Dios me mandó;
viniste a la tierra para iluminarme,
y el alma de adobe por fin despertó.
No eres casual, eres plan del Creador,
la huella perfecta de Su gran amor.
XIII. El pacto del alma
Ya no hay más temores, ni sombras, ni olvido,
el lazo está escrito con tinta de fe;
aunque por el mundo camine escondido,
en tu luz divina yo siempre estaré.
Mi pecho es el puerto donde tú descansas,
aunque otros veleros busquen estas hansas.
XIV. La calma del vigía
Duermo con la frente de paz, ya lavada,
sabiendo que cumplo con lo que juré;
en cada mañana, por ti despertada,
mi vida al servicio de Dios dejaré.
Seré el invisible, el guía, el hermano,
que estira hacia el cielo por ti su propia mano.
XV. El amén final
¡Te amo en el silencio, por siempre y eterno!,
bajo el amparo de la Santa Cruz;
vencí la distancia, burlé el invierno,
y hoy solo camino bañado en tu luz.
¡Este es mi himno, mi sangre y mi fe,
porque amando a Dios... a ti te amaré!