Te miro en sombras, donde nadie ve,
y el alma tiembla al borde del pecado,
cada roce tuyo, disimulado,
despierta el fuego que jamás se fue.
No hay ley que frene lo que el cuerpo cree,
ni muro que detenga lo callado,
y vive mi mundo en tu piel anclado,
aunque el amor se esconda y no se dé.
Prohibido es el beso, pero no el sueño,
ni el pensamiento que te va buscando,
ni el temblor que me invade cuando vienes.
Y si el destino nos niega el empeño,
que arda el silencio, que siga quemando,
porque hay amores que nacen sin frenes.
Annabeth Aparicio de León
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