Más allá de éstos árboles
existe un amparo para mi soledad.
Antiguas verdades
se cristalizan en el hoy,
siento ser el errante del desierto,
el animal que soñó
infinitas figuras del misterio.
Mi alma desnuda está en el suelo, en mis párpados no hay fe,
sólo vestigios de esperanzas.
Creo en un más allá bendito,
pero el ayer es polvo
y el mañana es una puerta
que se me abre al infinito.
Quiero la esencia de mi alma,
lo que desconozco,
y poseer mi corazón
que me guía en un silencio
que nunca quiebra.
Pero que será de las rectas del alba,
de la cresta de los árboles sacudiendo sus ganas,
remontando plegarias de vida y distorsionando al cantor
de una melodía de oleada.
Y si en el templo sumerge
gotas de libertad,
y encontramos la calma
que se inquieta solloza,
y miramos por la ventana,
la que no está cerrada.
Si tal vez más allá del ego
encuentro mi eco,
podré desatar las cadenas
y el temblequeo de los ojos.
Sólo amar es acariciar lo eterno,
y morir,
reconocerse más que cuerpo.
Hoy navego sobre el suave oleaje, despertando puntos
en cada instante,
absorbiendo atmósferas extasiantes,
y caigo en la espuma
que borra mi verdadero rostro.
Es el triunfo de las deidades rotas.
El mundo ya no me pertenece.
El mundo duerme a mis pies,
sólo que yo no existo.