No busques nombre para este escalofrío
que recorre tu piel como un viento del sur,
ni preguntes por el pacto que nos une,
pues se entrega sin papel, como el agua a la arena.
Soy ese instante de la noche,
la intimidad que se despliega en el silencio,
cuando el cuerpo olvida su cárcel de barro
y cada abrazo es un sueño que se cumple.
Habito en el pecado original de los amantes,
esa luz prohibida que da sentido a la esperanza,
la ventura de continuar contra el destino.
Soy el beso que la lengua no se atreve a contar,
el nombre que tus labios guardan como un secreto sagrado,
porque hay verdades que, de ser dichas,
morirían bajo el peso del mundo.