Abro los ojos cargados de sueño
y ahí están los mismos despropósitos,
los mismos monstruos construidos
con los materiales de derribo
producidos en el inexcusable vivir;
los que consumieron enorme cantidad de tiempo
y trabaron interacciones sinápticas
en las circunvoluciones cerebrales,
y en los instantes que, de improviso, me asaltan
absorto en mí y en mis confusas creaciones.
Rompen con la realidad, hieren y socavan
la confianza en la verdadera existencia,
crean los habitantes del inconsciente
y viven con la energía cerebral
de la blanda y serosa materia grisácea
que no quiere enterarse de la muerte.
Elucubra visiones, proyecta futuros imposibles
e insistentemente repasa el pasado
al considerar que su relato la hizo tal cual es
y sabe que el recuerdo es construido por ella.
Todo daña la posible paz que anhelo,
rasga la tela de la esperanza oreada
en los montes áridos de la torpeza,
repasa la vendimia de las uvas agraces de la muerte.
Como si la muerte no existiera,
como si el viento siempre fuera suave
y careciera de fuerza para quebrar árboles
centenarios, para arrastrar miles de toneladas
de polvo del desierto que oculta el horizonte.
Actúa, a destajo,
mediante el hambre, la peste y la guerra.
Sé que espera,
¡y con qué paciencia lo hace!.
¿Hacia dónde miramos que no vemos?.
¿Qué vemos que nos distrae de lo real
hasta elaborar mundos sorprendentes y ficticios?.
Tengo una certeza:
la firme seguridad de que ella espera,
absorta en los cuévanos de sus ojos vacíos,
con un rictus residual de algo que pudo ser humano.
Cumple su misión con eficaz destreza,
sin importarle la conformación del cerebro,
ni sus fantasmas, ni sus fantasías, ni su historia,
ni los nebulosos recuerdos reelaborados,
ni el alma.
¡Cómo arranca y retira a los navegantes
de este mar proceloso que es la vida!.
¡Velad, porque se ignora el día y la hora!.
La muerte ineludible despoja del ser,
arrastra el temor de lo desconocido,
la angustia de la pérdida del yo,
el abandono en lo irrefutable,
el encuentro
con el eterno Amor misericordioso
y la vida verdadera.
Sé que su obra, cuya ley flecha del tiempo
se impone en la evolución del mundo, es buena.
La muerte, necesaria consecuencia de la vida,
se muestra inexpugnable excepto con Aquél
fuente del amor y la existencia;
aquél que en su confianza me dio la libertad
haciéndome semejante a Él.