Patricia Aznar Laffont

Había muerto ayer...

Había muerto ayer después de pasear con su perrita en la Plaza de enfrente, la llamada Vélez Sársfield en un rincón de Buenos Aires.

Allí había conversado con ancianos y ancianas desconocidos que también llevaban a sus mascotas de paseo o sólo querían pasar un rato disfrutando de la Naturaleza.

Cuánto había durado el paseo no lo recordaba pero si sabía que había sentido un dolor agudo entre sus costillas que la traspasaba.

Decidió entonces volver a su casa.

En ese marco cotidiano ya no sintió deseos humanos: ni de comer, ni de ver la tele, ni absolutamente nada.

Sólo una somnolencia extrema y ese dolor punzante que por su intensidad la mareaba.  Sabía que iba a morir y decidió acostarse sobre la manta que cubría su cama. Deseaba dormir y acabar de una buena vez con el dolor y su vida misma. Había llegado el momento.

Un letargo la hizo dormir horas, días, nunca lo supo ni nadie lo sabe; sólo dormir, su cuerpo, su alma lo necesitaban.

 Sabía que estaba muriendo y esa certera afirmación la hizo despedirse de todo lo conocido.

No hubo sentimiento de miedo, ningún terror por estar en el escalón que divide la vida con la muerte, sabía que conocería lo que hay detrás de la pared de la vida.

Se dejó llevar y fue acogedor entrar en un caleidoscopio de vivencias indescriptibles; el saber que ya no cargaría con recuerdos ni con su cuerpo que sólo le traía dolor. Percibió los atisbos de la muerte y en su boca se dibujó una sonrisa, por fin llegaría a saber el límite del todo, lo que viene después de tantos días de vida.

No supo la hora aunque el tic- tac de su reloj aún andaba. Entre penumbras obnubiladas y albas manchadas vio todo lo que había sido, oyó un cañón, el canto del último ruiseñor, vio una rosa deshojarse. De pronto un haz de luz la  envolvió y allí reconoció la niña rubia e inocente que había sido, ese algoritmo inalcanzable que la había traído a este mundo, el mudo reflejo en un espejo rasgado por el tiempo… y entonces murió.

Murió esa tarde de sol soñando la noche, la noche de los tiempos, el olvido de la memoria y el sentirse la nada misma. Libre al fin de todo lo humano. Una explosión de felicidad  la invadió, se sintió ligera,  pudo volar no sólo con la imaginación  sino sintiendo esa Verdad Absoluta que jamás puede asirse. Vio caer los astros del cielo, la tempestad de los mares y se despidió feliz por fin de ese sol insufrible de los veranos, se despidió de sí misma...

¿Cuánto tiempo pasó? Las historias de muerte no tienen tiempo, rozan el círculo del Infinito. Pudo ser una fracción de segundo, una hora  o la inmensa eternidad misma.

Lo más terrible fue que hoy despertó en esa manta en la que había muerto, el final había sido esquivo, se había reído de ella.

Supo entre lágrimas que su extraña vida continuaba, que sólo un instante infecundo, extraño, ajeno, raro la había tocado en su sueño, un catártico segundo en que un dios intocable sólo había musitado su nombre.

 

(Patricia)

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