Antonio Portillo

Centro


Aprendí a situarme en el eje
cuando nadie miraba.
No fue orgullo:
era un hambre con el nombre equivocado.
Había un niño llamando desde el fondo
y nadie bajaba a rescatarlo.
Así que llené la casa de espejos,
multipliqué mi voz hasta volverla ruido:
buscaba un rostro en el cristal
y acabé rodeado de extraños.
Si hablaba de mí, existía.
Si el dolor era del otro,
podía seguir mirando hacia adentro.
Crecí como crecen los árboles torcidos:
buscando el sol con el tronco doblado,
convencido de que ese era el único camino.
Y un día,
con todo girando en torno a mi sombra,
me alcanzó el silencio.
No es que los demás se hubieran ido.
Es que yo
ya no sabía cómo salir de mí.

 

 

Antonio Portillo Spinola