Yo con el diablo bailo las veces que quiero, es mío el ritmo y mío el tiempo.
Pero es su danza, y en ella todo es dolor, y en ella todo es lujuria,
aunque yo elija la cadencia del látigo, aunque me alimente de ello.
Voy como perro obediente, buscando con sed de desierto,
el agua que mis labios partidos ya no desean, solo necesitan.
Me confieso:
No es tu piel, no es tu olor, en tu ausencia está el veneno.
Es una obsesión incontrolable, es tu figura en mi mente, que me daña y me saca de lo cotidiano,
sin aviso, con la velocidad del rayo.
Es el deseo genuino de lo que no está al alcance, y la impotencia de que aun nuestro,
tan nuestro todo, no exista más que para nadie.
Lamento haberme empecinado con la idea de verte a mi lado todo el tiempo y a deshoras, y haberme empecinado con tus labios, y tus ojos gigantes, y tu alma hinchada de llorar.
Lamento no poder frenarnos ni a ti, ni a mi, en esta carretera sin sentido ni dirección. Pero seguiré buscando en la cornisa de lo intrépido, sin miedo a la caída libre, la manera de volver nuevamente a esos momentos donde nadie mira, que mi mano suave caiga por tu mejilla y que mi boca impaciente muera en tu boca.