En lo más profundo
de las sombras propias
y de la incertidumbre existencial,
donde el dolor
y el sufrimiento
hacen acto de presencia sin ser llamados,
como si un demonio caminara al lado,
cuando el autoanálisis
y el autoconocimiento emergen desde la sombra,
en un lugar donde de otro modo
no habrían aparecido,
sin pretender ser universales.
En esa angustia,
en ese torbellino mental,
como un río que encuentra su cauce tras fluir desbocado,
el sufrimiento se vuelve construcción,
y florece el verdadero yo,
de tierra fértil,
como lluvia en verano,
no llamado,
sino necesitado.
Gracias a ese viaje
a los entresijos neuronales,
ni querido
ni programado.