Debí entenderlo
cuando sonaba Cerati
en aquel bar de la primera vez,
diciendo entre copas
que el fin de amar
es sentirse más vivo.
Pero no.
Elegí perderme en ti una noche
y dejar que el resto
se escribiera solo.
Fue un tobogán de emociones,
de esos que prometen cielo
y terminan en vacío.
Te recuerdo deslumbrante,
irrumpiendo en mí
sin preguntar quién era.
¿Y qué importaba quién soy
si me disolvía en tu mirada?
Tus labios
me llevaron al extremo más austral del alma,
donde el silencio abriga
y todo arde despacio.
Dormí en tus brazos
como quien olvida el tiempo,
hasta que la luz
decidió apagarnos.
Gracias, Cerati,
por avisar antes del abismo,
y por quedarte
cuando solo quedaba la noche.