María de los Ángeles Camacho Rivas

Santa sombra

Perdóname, ¡oh Dios!:

he ido de la mano de lo que el hombre sin ti me ha dado

entretejida en la lástima de mis días, lloro

autómata en el vicio de revivir la injuria

descartando la vivencia eterna de tu gracia.

 

Te muestras en mi debilidad

como una muleta de oro

y haces del páramo un pretexto

para la flor, para la lluvia.

 

Aun con tus siete milagros de frente

he ignorado la confianza

en el agua de tu lluvia para mi sed.

 

Ciega ante la programación de tu bálsamo

de tu manía de hostigarme

con tu bendición.

 

En mi casa has anidado siempre

y yo sin alpiste para ti.

Guardaespaldas, alimento,

cayado, la semilla del sol

que siempre marca

la sombra que refleja

la silueta con la que me sigues.