Perdóname, ¡oh Dios!:
he ido de la mano de lo que el hombre sin ti me ha dado
entretejida en la lástima de mis días, lloro
autómata en el vicio de revivir la injuria
descartando la vivencia eterna de tu gracia.
Te muestras en mi debilidad
como una muleta de oro
y haces del páramo un pretexto
para la flor, para la lluvia.
Aun con tus siete milagros de frente
he ignorado la confianza
en el agua de tu lluvia para mi sed.
Ciega ante la programación de tu bálsamo
de tu manía de hostigarme
con tu bendición.
En mi casa has anidado siempre
y yo sin alpiste para ti.
Guardaespaldas, alimento,
cayado, la semilla del sol
que siempre marca
la sombra que refleja
la silueta con la que me sigues.