Anoche soñé que el alma
se me quería elevar,
no con alas desmedidas,
sino con callada paz.
La tierra quedó debajo
como un libro sin cerrar,
y un viento antiguo y oscuro
me comenzó a susurrar.
—Mira el brillo de tu gente.
Y vi a Almería de sal
espejo Mediterráneo
de memoria sin igual.
Pasé en silencio Granada,
donde el agua sabe hablar
de los muros de la Alhambra
remanso de luz y paz.
En la bahía de Cádiz
mil gaviotas volaban
algarabía de sonidos
entre las olas doradas.
Y por Huelva los fandangos
subían como plegaria,
y el cielo del El Rocío
se abría como una palma.
Y pasé rozando Málaga,
vino dulce y claridad,
y el biznaguero vertía
perfume por la ciudad,
Los olivos de Jaén
hablaban sin voz ni afán,
y eran sus frutos zarcillos
del más puro mineral.
Y la luna sobre Córdoba
se paraba a contemplar
el paso del agua tibia
que suspiraba al pasar.
Y fue Sevilla la torre
—la Giralda— musical
que bailaba una veleta
con su gracia angelical.
Y cuando ya el sueño abría
mi conciencia terrenal
vi once torres encendidas
bajo un cielo vertical.
Y junto al Genil callado
a Écija mi ciudad,
la vi vestida de sol,
y verde y blanco de cal.
Y desperté de mi sueño
con la certeza cabal
que es en mi tierra ecijana
donde quiero descansar.