Romey

Revisita

 

Seguí ascendiendo hacia la Luna. Me arrastraba sobre hielo. La noche era de un azul marino y en su seno levitaban infinidad de peces estáticos. La cima parecía estar cada vez más lejos de mí, que seguía ascendiendo obstinadamente aún así. Y mientras ascendía iba recordando los sucesos de la tarde anterior: el chamán más mayor de la aldea, sin mediar palabra, con una inclinación de cabeza me instó a que lo siguiese ladera arriba; y eso fue lo que hice; pronto alcanzamos una meseta circular de unos veinte metros cuadrados; él se sentó sobre sus piernas cruzadas y bajó los párpados; yo lo imité. Me sumergí en una repentina ensoñación: todo parecía indicar que se trataba de un día normal: vi la hora en el móvil: eran las tres de la tarde; de repente oí que alguien me llamaba desde fuera de la casa; la voz me sonaba mucho, pero entonces no fui capaz de identificarla; salí y me topé con Alicia, que me pidió permiso para pasar; pensé en eso de que los vampiros no pueden entrar en una propiedad ajena sin invitación previa, pero de todos modos le cedí el paso y ella entró despidiendo un aroma químico parecido al de las frambuesas; giró en ángulo recto atravesando el umbral de la sala y en ese momento la perdí de vista; es extraño, pero cuando yo fui adonde debía ya haberse acomodado no la encontré ni escondida tras la puerta. Sin embargo notaba su presencia en el decorado: un juego de cortinas rojas como la sangre filtraban la luz solar; uno de los áureos rayos terminaba en una esquina de una alfombra persa de elegante diseño, con arabescos y representaciones de cortejos nupciales en miniatura; otro rayo rebotaba en un espejo oval y daba de lleno en el corazón de un mandala tibetano pegado al gotelé de la pared; en la mesa de estudio alguien, aparentemente, había dispuesto un tablero de ajedrez con todas sus piezas, salvo ambos reyes, a punto para la partida. Oí un chasquido cerca y abrí los ojos por instinto. El chamán se reía, creo que de mi rostro atónito. Me tendió una mano y me ayudó a erguirme. Seguimos ascendiendo sobre lo que parecían los vestigios de una escalera de la era monolítica. Una cumbre blanca resplandecía muy por encima del paisaje boscoso, justo bajo una nube fucsia en la que se sumía su vértice de roca y nieve. Hice una pequeña pausa y empecé a sentir las caricias húmedas de una lluvia sutil que me recordó a las que me daba Alicia años atrás, y ni un minuto después seguí ascendiendo: el chamán me había tomado ventaja y empezaba a ponerme nervioso el frufrú que caía de las alturas entremezclado a los chillidos disonantes de unas aves tan raras como comunes en aquel ecosistema. Me tropecé con una piedra y caí con las manos por delante, torciéndome una muñeca. Al volver a ponerme en pie advertí que el chamán había desaparecido. Ni siquiera conseguí oír sus pisadas. Comencé a impacientarme, pero me obligué a seguir ascendiendo cuidadosamente, sujetándome a unos troncos delgados pero fuertes, pues, al contrario de mis expectativas, ninguno se quebró al soportar mi peso. Un poco más arriba una fina capa de hielo y nieve cubría la tierra y otorgaba su encanto a las copas de los árboles. Durante el crepúsculo contemplé con pasmo como la Luna, con sus dos filos apuntando hacia el mundo, se posicionaba en el pico de la montaña. Desde ese momento todo fue envuelto en un vapor místico, en una atmósfera de irrealidad, y mi narración será fiel a los hechos. Mientras seguía ascendiendo la voz de Alicia me decía todo lo que nunca se hubiera atrevido a contarme en vida, como que cuando tenía siete u ocho años fue forzada por tres soldados en una casa de la periferia de la aldea, y que así fue como perdió la virginidad, de hecho no pudo detener la emorragia vaginal antes de volver con su madre, y ésta no creyó su historia, le sonó a cuento chino, y la llevó a rastras hasta el desván, donde permaneció encerrada por lo menos una veintena de días con sus noches sin comer nada si no arañas y cimpieses ni beber más que las gotas de agua de lluvia que se filtraban entre las tejas rotas. También me contó que en aquella época las calles estaban hiper vigiladas: había agentes del gobierno controlando cada uno de los movimientos de los aldeanos, que en su mayoría eran rebeldes para el régimen porque se negaban a aceptar las condiciones de trabajo que intentaban imponerles, además preferían pasar hambre que adaptarse a las órdenes de sus antagonistas. Había habido disputas con los agentes que acababan baleando a la gente sin miramientos, pero siempre hay algunas excepciones, y una de ellas era el padre de Alicia, el mismo que en una huelga que también acabó a tiros mató a tres agentes con una hoz oxidada, y nunca pudieron dar con él ya que llevaba la cara cubierta con una informe máscara de cuero que había confeccionado con los zapatos de su difunto abuelo. Alicia me dijo que ella era la única persona viva que conocía el secreto de su padre. Él era un hombre recto, un cabeza de familia normal y corriente a primera vista, pero las apariencias son siempre engañosas. Él sabía cosas que estaban vedadas al resto de los mortales. Fué el chamán más anciano de la aldea durante muchos años; él era el sabio curandero al que todos recurrían en casos de urgencia. En su lecho de muerte entregó sus atributos y amuletos, no a su hija, sino a su aprendiz, a quién yo seguía ascendiendo hacia la Luna para capacitarme a ser uno de los suyos, para bautizarme en el líquido fuego que serpenteaba como un dragón aéreo por los cielos e iba a reposar sus alas en aquel templo imposible, que me excuso de describir porque no existen todavía términos que se adecuen a sus formas y colores, a su ausencia total de materia, a su desenfrenado frenesí fantástico. Nada como aquel espacio sin espacio, como aquel tiempo fuera del tiempo, donde y cuando Alicia me durmió en su regazo con el afán de hacerme renacer en el futuro fruto de sus entrañas