Siempre se trató de la estatura.
Y yo...
yo soy pequeño.
Es cierto,
mira que la estatura no se mide en centímetros
sino en valentía y capacidad.
Y yo soy pequeño.
Creo que este tema siempre será así;
siempre tendrá ese peso,
siempre tendrá la cualidad de hacerme sentir mal
cuando lo hablamos.
Vivo con lo mínimo,
rascando alegrías y aspirando llanto.
Acumulándolo,
hasta que el silencio termina por decirme...
Y se desborda todo.
Soy pequeño porque no valgo nada,
ni lo mínimo.
Y no hay grande que valga nada.
Tú te mereces algo grande,
algo que valga lo mismo que tú.
Tú te mereces eso que te da la paz y la valía
para poder tomar las decisiones arriesgadas;
para saltar desde la nube más alta
sabiendo que nunca saldrás del cielo
y caerás en otra,
más suave que la anterior.
Alguien que te cuide de verdad.
Repito: alguien grande,
que te cubra de la seda más fina.
Para que nunca te llenes con las raspaduras de la carencia,
ni te estreses por cuánto no tenemos
y cuánto nos hace falta.
Alguien de verdad grande y no que solo lo aparenta;
no que levanta los brazos
para parecer más alto.
Reitero: soy pequeño, indigno.
Pero algún día seré grande.
Búscame ese día, sin demora.
Cuando tenga la seda ya tejida en mis manos
y la carencia solo exista
cuando tú quieras recordar
que alguna vez fui pequeño;
Un pequeño que estaba frente a algo muy grande.
Siempre se trató de la estatura.
Y yo,
yo siempre querré dejar de ser pequeño.
Yo siempre querré ser lo suficientemente grande
para darte amor, seda y sombra.
No la sombra que cubre y tapa,
sino aquella que se busca para el descanso.
Esa sombra que solo saben y pueden dar...
Las cosas grandes.