RÍO DE ARENA
Nadie dejó señales donde tú naciste,
ni el hambre pronuncia el nombre de lo que sigue;
algo en el pecho tira —ciego— hacia lo que no existe:
eso que llama sin voz… y sin quien lo dirija.
El tiempo no guarda, no vuelve, no avisa,
es río de arena sin orilla ni nombre;
cada paso tuyo es ceniza y sonrisa,
lo que no regresa es lo único que te nombra.
No hay llegada escrita en ningún muro viejo,
la meta es el hueco que dejaste al pasar;
el único puente no devuelve reflejo:
lo cruza quien sabe que no va a regresar.
Avanza: el incendio no admite permiso,
y el polvo recuerda la forma del pie.
Y aunque el horizonte se apague despacio,
lo viste brillar… sin pedirte que fueras.