El hombre de la orquidea

Última ofrenda

I. El silencio del trigo

Ya no hay prisa en el alma, ni urgencia en el viento,

el campo está arado y la semilla en su lugar;

descansa el obrero de su hondo pensamiento,

pues sabe que el cielo se encarga de dar.

No busques la espiga antes del momento,

aprende en la sombra también a confiar.

II. La almohada de gracia

Que el sueño te encuentre con la frente lavada,

sin ruidos de ayer, ni temores del hoy;

la paz es la cuna donde el alma abrazada,

le dice al Maestro: \"aquí listo estoy\".

No importa la meta, ni la hora marcada,

bendigo el camino por donde ahora voy.

III. El sueño del guía

Duerme, maestro, de fe y de esperanza,

que el Santo de Escuelas vigila tu umbral;

mañana el destino pondrá en la balanza,

tu entrega, tu ciencia y tu luz espiritual.

Descansa en la calma que el alma ya alcanza,

bajo el manto eterno del Padre Celestial.

IV. El encargo divino

Pero el hombre no es solo cátedra y paciencia,

es pulso que ama con fuego y pasión;

aunque ande solo, con mi propia ausencia,

el destino marca mi santa misión.

Falta verla libre, con plena conciencia,

restaurada el alma y el corazón.

V. La misión incompleta

Ella no me sabe, ni ocupo un lugar,

en el escenario de su nueva vida;

mas siento el mandato de verla brillar,

con la fe madura y la frente encendida.

Mi encargo divino es verla llegar,

al puerto de paz de su herida sanada.

VI. El lugar escogido

Desde aquel lugar que el Señor ha elegido,

desde lo recóndito de mi soledad;

yo seré el apoyo por ella no oído,

el soplo invisible de Su voluntad.

Obraré en silencio, sin ser advertido,

con la mansedumbre de la honestidad.

VII. El rastro sin nombre

Sin que mi palabra perturbe su calma,

sin que mi presencia le cause dolor;

sin que mi perfume le hierva en el alma,

ni evoque desprecio, ni antiguo rencor.

Seré solo el cielo que el frío le calma,

siendo para ella un soplo de amor.

VIII. El guardián en la sombra

Nadie sabrá nunca de dónde proviene,

la mano que quita la piedra en su andar;

la fuerza que el viento de pronto detiene,

para que su barca pueda navegar.

Seré el centinela que siempre sostiene,

la luz que ella necesita para cruzar.

IX. El regreso al origen

Y cuando su vida por fin sea gloria,

y cuando el milagro se cumpla en su ser;

yo me marcharé de su propia memoria,

regresando al sitio de mi renacer.

Escribiré el punto de mi propia historia,

agradecido de verla florecer.

X. Sin deudas de oro

Nadie me debe, ni nada reclamo,

el pago es el triunfo de su libertad;

el único premio del alma que amo,

es verla habitando en Su santa verdad.

Esclavo del bien, del Señor me proclamo,

viviendo en el centro de la humildad.

XI. La estrella que guía

Me guardo el sentir en lo más escondido,

donde solo Dios y yo hemos de entrar;

allí será el fuego de amor mantenido,

para ser la estrella que ha de vigilar.

Un astro que brilla, sin ser percibido,

guiando sus pasos hacia su altar.

XII. El único amor

En ese rincón que la Gracia bendice,

sabré que ella fue mi eterno querer;

el alma que hizo que Dios me bautice,

y me dio el regalo de un nuevo ser.

Que el cielo mis actos ahora autorice,

para ser el agua de su amanecer.

XIII. El testigo del trigo

Miro la siembra con ojos serenos,

ya no hay amargura, ni queja, ni hiel;

mis campos de sombras hoy están llenos,

de un sol que me dicta que debo ser fiel.

Aunque otros recojan los frutos ajenos,

yo seré el obrero que cuida la miel.

XIV. La despedida en paz

Me despido ahora, me marcho al retiro,

de ser el vigía que nadie ha de ver;

en cada plegaria y en cada suspiro,

la cuidaré siempre... sin aparecer.

Es el plan divino el que hoy yo admiro,

y en ese diseño me dejo caer.

XV. El amén final

Gracias, Jesús, por la luz recibida,

por darme la honra de ser Su guardián;

por esta misión que le da a mi vida,

el sabor sagrado de Tu místico pan.

¡Queda la ofrenda por siempre encendida,

bajo el amparo de Tu santo plan!