No te estás volviendo vieja
No estás volviendo vieja, dices,
y tu voz lleva el temple de quien ha caminado
entre ruinas y cosechas,
entre despedidas y renaceres.
Te han dicho solitaria,
pero ignoran que tu soledad es un jardín
donde solo entran raíces profundas
y flores que no piden permiso para ser.
Te llamaron amargada,
pero tú sabes que el gusto cambia:
ya no quieres el vino agrio de las falsas promesas,
ni el pan duro de las cortesías vacías.
Prefieres la miel escasa pero cierta,
el silencio que escucha,
la compañía que no exige.
No, no te estás volviendo vieja.
Te estás volviendo tierra fértil
que aprendió a decir \"no\" a las semillas muertas.
Has cerrado puertas sin odio,
solo con la ternura de quien ya no necesita
demostrar que existe.
Has dejado de ser lo que otros agradaban:
el disfraz que reía en fiestas ajenas,
la voz que callaba para no incomodar,
la mano siempre abierta aunque te robaran hasta las ganas.
Ahora te vistes de ti,
y tu única fiesta es el instante
donde el espejo te devuelve una cómplice,
no una extraña.
Te has vuelto selectiva,
no por soberbia,
sino porque el tiempo te regaló un lujo:
saber que la vida es breve
y no alcanza para abrazar espinas
creyendo que algún día serán rosas.
Has soltado apegos como quien suelta lastre:
las cartas que nunca contestaste con el alma,
los abrazos que olían a obligación,
los proyectos donde siempre ponías tu fuego
para que otros se calentaran.
Y ahora, en el centro de tu pecho,
arde una hoguera distinta:
cálida, firme, tuya.
No es amargura, dices,
y llevas razón.
La amargura es un veneno que se bebe sin saber,
pero tú ya escogiste tu copa:
salud, paz, tranquilidad.
Y sobre todo,
ese amor propio que no grita,
que no negocia,
que no mendiga.
Porque el amor propio, lo sabes bien,
no es un espejo sino una linterna:
alumbra lo que merece quedarse
y deja en sombra lo que ya no suma.
Y así vas, paso a paso,
no hacia la vejez,
sino hacia la plenitud.
Te estás volviendo sabia,
y la sabiduría duele al nacer:
parece soledad pero es presencia,
parece olvido pero es memoria justa,
parece dureza pero es la piel
que ya no se deja herir dos veces
por la misma espada.
Así que cuando vuelvan a decirte
que te estás volviendo vieja,
sonríe.
Porque ellos miden en años,
y tú ya mides en libertad.
Ellos cuentan arrugas,
y tú cosechas decisiones.
Ellos ven ocaso,
y tú, desde tu atalaya,
celebras la hora exacta
donde al fin dejaste de ser espectadora
para convertirte en tu propia obra.
—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Julio, 2024.