Un día dejé mi corazón muerto
sobre la roca dura.
Solo el amor se acercó a amortajarlo
con un rayo de luna.
El cielo entristecido y apenado
me lo regó de lluvia
con las gotas salobres de un mar muerto,
de un llanto sin pupilas.
Funestos alacranes
comieron mis poemas
en banquetes obscenos
de oportunistas fiestas.
¡Oh dioses,
dad a cada cual lo que se merezca!