JUSTO ALDÚ

PACTA SUNT SERVANDA

Nos enseñaron -como quien talla en piedra-

que los pactos se cumplen,

que la palabra es un puente

y no una cuerda floja sobre el abismo.

 

Pero algo se ha torcido.

 

Hoy la promesa

es un vaso de humo entre los dedos,

un contrato escrito con tinta de agua,

una moneda lanzada al aire

que nunca cae del mismo lado.

 

La ciudad habla en lenguas partidas,

firma con manos temblorosas

y borra con sonrisas pulidas;

hay relojes que juran puntualidad

mientras mastican minutos ajenos.

 

¿Dónde quedó la balanza?

 

Esa antigua equidad

que pesaba el alma y la palabra

en el mismo plato.

 

Ahora el compromiso

es un traje que se usa para la foto

y se abandona en el primer relámpago,

identidades de papel mojado

que se deshacen al contacto con la verdad.

 

Se promete sin raíz,

se acuerda sin memoria,

se responde sin rostro.

 

Y así vamos,

construyendo torres de aire

sobre cimientos de olvido,

llamando destino

a lo que no es más que descuido.

 

Hay una grieta -profunda, invisible-

atravesando la conciencia común:

nadie quiere deberle al otro

pero todos reclaman lo suyo.

 

Oh, ironía de hierro blando,

justicia de humo firme,

palabras que pesan menos

que el silencio que las juzga.

 

Porque un pacto no es un sonido,

es un hueso que sostiene la historia,

una raíz que ata el tiempo

al árbol de lo posible.

 

Romperlo

no es romper al otro:

es astillar el espejo

donde aún podríamos reconocernos.

 

Y sin embargo…

 

seguimos firmando con dedos de niebla,

seguimos jurando sobre aguas que huyen,

seguimos llamando acuerdo

a este temblor sin forma.

 

Pacta sunt servanda -decían-,

como si el latín bastara

para sostener la ética.

 

Pero no es la lengua,

es el pulso.

 

No es la ley,

es la lealtad.

 

No es el papel,

es la carne que responde.

 

Y mientras olvidemos eso,

cada firma será ceniza,

cada trato un espejismo,

cada pacto…

 

una sombra que promete

y nunca vuelve.

 

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