Si me hubieras querido,
pienso lo sencillo que habría sido
inventarnos los días,
juntar el pasto,
el sol,
y convocar un café
a la tarde.
Pero no.
Hoy me toca defender la noche:
es la oscuridad la que me auxilia,
esa costumbre de calcarte
en la desolación de las calles,
en esos lóbregos lugares
donde entro
y me siento sin suerte.
Ya ni te cuento
que con dos o tres cervezas de por medio
tu figura adquiere buena voluntad,
y tus ojos se posan casi tan bien
en el rostro de cualquier muchacha
que pasa y me sonríe sin saberlo.
Al final,
no hace falta que llegue el día:
termino acorralado
como un perro en un sucio rincón
al borde de una súplica
que ya no me atrevo a maldecir.
Aceptando fielmente la derrota:
no entender
por qué de alguna forma te guardo el cariño,
y por qué, contra toda lógica,
te sigo buscando
en un pueblo
donde nunca has querido vivir.