En el centro de un jardín de tiza y silencio,
un pequeño monarca de tres años
desentierra el sol con manos de asombro.
Él no juega, funda reinos.
Entre el miedo y el vuelo,
va cosiendo con hilos de fantasía
la armadura que el adulto ha olvidado.
El mundo afuera es un lobo de metal
que devora la ingenuidad y el rito,
pero él, tras los ojos de venado,
guarda el mañana como una piedra preciosa.
Cada paso es un abismo conquistado,
cada gesto, un trazo contra el olvido.
Construye su futuro en lo invisible,
allí donde el hombre no podrá tocar
la sagrada herida de su propia luz.