El rencor es un animal mudo.
No grita, te lame las encías.
Encuentra el hueco exacto entre las costillas
y aprende tu ritmo
hasta que su pulso y el tuyo son la misma huelga.
Duele, pero no con la honestidad del tajo.
Es una herida hacia adentro,
una arquitectura de esquirlas que no drenan
y que tú, secretamente, proteges de la luz.
Dicen que es hijo del odio,
pero el odio es un incendio que se agota;
el rencor es el frío que sobrevive a las cenizas.
No busca fuego, busca sedimento.
Se instala en el torrente,
espesando la sangre con su espera mineral.
Ahora dime:
¿quién eras antes de esta geografía interna?
Porque el rencor también es memoria de la forma.
Es lo que queda cuando el amor se evapora
y aún te niegas a que la casa huela a vacío.
No reclama justicia,
ni siquiera el alivio de la verdad;
su única ambición es el tiempo:
existir por el vicio de la permanencia.
Y en esa ocupación silenciosa,
te va restando espacio,
te desahucia de tus propios bordes.
Hasta que un día, frente al espejo,
no distingues quién te habita.
Pero reconoces el calor:
es el único inquilino que no se ha ido.
Y ya no sabes
si quieres echarlo.
Antonio Portillo Spinola @