Qué cosa más bella,
es el regalo del sol,
la fresca brisa del atardecer,
leve caricia sobre mi piel,
susurro dulce del anochecer.
La jornada ya terminó,
el sol, rendido, se retiró,
y en mi balcón quedó encendida
una luz nueva, recién nacida,
más bella que el mismo sol.
Es tu rostro, amada mía,
que resplandece al anochecer,
entre jazmines de blanco puro,
mientras el trino de los jilgueros
despierta canciones de amor.
La noche teje su manto de estrellas,
el tiempo se detiene en tu mirar.
Tus ojos guardan la calma del cielo,
tu mano en la mía, refugio y paz,
mientras la brisa me enseña a callar.
Ya no busco el sol tras la montaña,
ni la luna en su plateado altar.
Basta tu aliento, tu sombra a mi lado,
y este silencio que sabe contar
tu nombre, mi refugio, mi hogar.