Bajo el lienzo sin igual del firmamento,
corre el Día tras el rastro del ocaso,
buscando en su penumbra un breve abrazo,
apagando así su llama en el intento.
Ella, la Noche tan oscura y majestuosa,
un enigma de estrellas en su pelo.
Él, el Día enorme que calienta el cielo,
sigue siempre tras su amada silenciosa.
Gasta en vano los minutos y las horas
en su prisa de llegar hasta el poniente.
Ella huye, pues teme el deseo ardiente
que él le quiere regalar con sus auroras.
Él anhela descubrir cada secreto
que ella esconde tras su manto denso y frío.
Con su luz quiere llenar cada vacío
y besarla en el crepúsculo discreto.
Ella admira su grandeza con anhelo,
deseando su calor con ansia mustia.
Mas le tiembla hasta la luna por la angustia
de sus rayos desgarrando su desvelo.
Y así viven en un ciclo interminable
de un sentir que va rayando en lo imposible,
fuego eterno que perece en lo invisible
de las sombras que son de su ardor culpables.
Mas existe alguna grieta en el destino,
un instante en que se pierde la cordura.
El eclipse les regala la locura
de encontrarse Día y Noche en el camino.
Y se funden en un roce los amantes,
en umbrías de su amada, él escondido.
No respira el mundo ante su amor prohibido,
y ella se enciende en un minuto delirante.
Mas pronto su dicha será una memoria
al ver la fortuna emprender su partida.
Él vuelve a buscarla por toda la vida
hasta que el azar les devuelva su historia.