José Antonio Artés

LAS MARCAS EN EL ASFALTO

La ciudad parece avanzar
incluso en la quietud.
Las luces, los semáforos,
el rumor lejano del tráfico,
todo es una respiración continua
que no concede pausas.

 

Sobre el asfalto,
todavía tibio de pasos recientes,
los jóvenes caminan
como si formaran parte de ese club silencioso
que nunca termina de inaugurarse
ni de concluir.

 

Avanzan sin prisa visible,
pero con esa urgencia interior
que nace cuando el tiempo
empieza a adquirir peso.
Cada paso parece consumir
algo más que la distancia,
como si el suelo absorbiera
instantes que ya no volverán.

 

Se miran en los escaparates,
no tanto para reconocerse
como para comprobar
que siguen ahí,
envueltos en identidades porosas,
rostros sostenidos por la luz artificial
y por la promesa discreta
de pertenecer a algo,
aunque fuera solo
durante el tiempo que dura una tarde.

 

Entre edificios altos,
la ciudad levanta su laberinto.
Las calles conducen siempre a otro cruce,
a otra decisión,
a otra forma de avanzar
sin detenerse demasiado.

 

Y en ese tránsito constante,
van dejando fragmentos de sí mismos
sin advertir el momento exacto.

 

Aparecen entonces las marcas.
A veces en la piel,
otras en la mirada,
otras en la forma de quedarse mudo
cuando las conversaciones se apagan
y el asfalto, húmedo de luces,
parece guardar
lo que nadie llegó a decir.

 

El pavimento guarda memoria.
No de nombres,
ni de historias completas,
sino de pasos repetidos,
de dudas que crecen
mientras la ciudad sigue latiendo.

 

Y así, la juventud queda atrás,
convertida en una huella invisible
que la ciudad conserva
mucho después
de que los pasos
hayan desaparecido.

 

José Antonio Artés Sánchez