En aquella villa, donde las rosas cobran su color más puro, pedí mi deseo y nos entregamos al sigilo de la noche. Tus ojos, espejo de la inmensidad del mar; tus dientes, perlas de una risa viva; tus labios, el refugio donde el tiempo se detuvo.
Recuerdo la tarde volverse lenta, el libro olvidado entre las manos, interrumpido apenas por la caricia de tu boca.
Aún guardo el aroma de las rosas de aquel jardín, el eco de los sueños compartidos, los versos que fueron nuestra única partitura.
No importa cuánto tiempo extienda su sombra; mi mirada buscará siempre la tuya, mi sonrisa se entrelazará con la tuya en el aire. Aunque la vida hoy nos separe, sé que serás el ángel que custodie mis pasos.