Hoy te escribo
con la sed de mis dedos.
Pues es la forma que me queda
de alargar estas manos,
saltarme la brecha,
y acariciarte el alma.
Esa alma tuya,
irremediablemente rebelde,
de pájaro en vuelo
que no volvió
ni se asomó a mi ventana.
Te escribo de todos modos.
Aunque a veces duelan las manos de ausencia,
aunque en los días de sombra
mis palabras se pierdan
y no encuentren en las calles
el camino de vuelta a mi puerta.
Y te escribo
desde la soledad que dejaste aquí
sentada en casa.
Desde la costumbre de estos días
que se niegan a terminar,
porque siempre amanece otro,
tan parecido al de ayer,
pero con vos,
cada día más lejana.