Te escribo con la sed de mis dedos.
Es la única forma que me queda
de alargar mi sombra,
saltar la brecha,
y acariciarte el alma.
Esa alma tuya
irremediablemente rebelde,
tan de ave silvestre
que ya no reconoce el árbol
frente a mi ventana.
Te escribo de todos modos.
Aunque a veces
duelan estas manos lisiadas
por la ausencia de los años,
aunque en los días sombríos
mi palabra deambule por esas calles
apartadas de mi puerta,
y vuelva a uno
borracha (como siempre).
Y te escribo
desde la soledad que germina
en las esquinas de esta casa,
desde la costumbre de estos días
que se resisten a terminar,
porque sigue amaneciendo
con el mismo rostro,
y vos,
cada vez más lejos.
Cada vez (más callada).