Te perdono, aunque me pese.
Nueve meses después,
y aún te pienso.
Nunca recibí de ti
ni una sola palabra.
Ni un “lo siento”.
Ni siquiera un intento.
Y sí, esperé.
Durante meses.
Aunque fuera una mentira más
disfrazada de arrepentimiento.
Imaginaba tu llamada,
tu nombre en mi pantalla,
tu voz rompiendo el silencio
que tú mismo dejaste.
Pero siempre fuiste así.
Y no ibas a cambiar por mí.
Evasivo de la realidad.
De la gente.
Pero dependiente
del afecto constante
para tapar un vacío
que nunca has querido mirar.
Te odié.
Durante mucho tiempo.
Hasta que dejó de importarme.
Porque es más fácil
no sentir nada
que seguir sintiendo algo por ti.
Aunque nunca me amaras.
Aunque yo estuviera equivocada.
Te perdono.
Y me perdono.
Porque muchas veces
preferí imaginarte,
antes que aceptar
quién eras realmente.
Llené con fantasías
a la persona que nunca fuiste,
para no enfrentar
a quien sí eras:
Vacío.
Egoísta.
Mentiroso.
Intentando llenar un eco infinito
sin importar a quién rompías en el camino.
Sabías lo que hacías.
Pero nunca lo enfrentaste.
Y no,
no fue mi culpa.
Pero sí fue mi decisión
escogerte.
Hoy no me arrepiento,
pero cómo me habría gustado
hacerlo diferente.
Pensé que ya no pensarías en mí.
Pero a veces…
es inevitable.
Aun así,
te dejo ir.
No nos volvimos a ver,
porque no teníamos que ser.
No seremos más.
Porque nunca fuimos.
Y así,
tiene que ser.
Avi-