(A Ernesto Cardenal)
Kenosis de pura devoción. Se despoja el verbo de tu investidura carnal
para habitar la kerigma de los astros.
Cisma del liberador. Treinta y cinco advientos de clausura mística,
un anatema pesando sobre el cáliz de la historia
mientras báculos romanos pretendían yugular el Espíritu.
Logos insumiso.
Clamaste parusía de los pobres ante el solio del tirano,
rastreando huellas del Creador en la fisión del átomo
y en el salmo insurrecto de una estirpe encadenada.
Apofatismo final. No hay trono de gloria, solo tinieblas de lo inefable;
eres hoy sustancia transustanciada
en el vacío privatio,
materia crística que retorna libertad,
beatitud divina que nos hace gritar:
¡Amén, amén por siempre!