Me asomo al balcón de mis ojos
y la vida no camina:
se arrastra.
Va a tientas,
sin saber qué busca,
pero insiste
en llamarlo luz.
Por eso cierro los párpados
y aprendo a palpar la sombra.
No hay luz afuera:
la llevamos a tientas
en la cueva del pecho.
Y aún así,
nos llamamos vivos.
Antonio Portillo Spinola @