¡De este lado de la orilla!
Dicen
—las que escribieron antes—
que una mujer no hereda el silencio:
lo rompe, lo nombra, lo rehace.
Dicen —también—
las que aprendieron a guardar la memoria en la tierra,
que la palabra es semilla
y que el dolor, cuando se nombra,
ya no camina solo.
No camina sola…
No camina sola…
Dicen también
que toda historia negada arde bajo la piel de la memoria,
y que basta una chispa
—una palabra, una casa propia, un grito—
para encender la noche.
Ay…
enciende la noche…
Ay…
que nadie camina sola…
De este lado de la orilla,
las mujeres celebran el mapa vivo de su historia.
¡Ay, su historia!
Encienden —una a una—
sus tiestos de luz,
¡tic… tac… tic…!
como si el tiempo aprendiera a latir en sus manos,
para no volver a caminar a tientas
las empinadas cuestas de la mansedumbre.
¡Eh! —resuena—
¡Eh! —despierta—
El tiempo de mi pulso lame los minutos,
rumia —tic… tac…
— el amargo de sus horas.
Ay… lo rumia…
Del otro lado de la orilla,
otras tantas —sombras en vigilia—
intentan rastrear el estertor del día,
Ay… del día…
ese trazo invisible que se dibuja
cuando el reloj de los cansancios alucina en su medio día.
¡Tac… tic… tac…!
Y el mundo
—partido en dos orillas—
no sabe aún si es herida o si es puente.
Entonces:
—desde todas las lenguas—
una voz se levanta:
no tiene rostro,
no tiene patria,
no tiene nombre.
No tiene nombre…
Y dice:
que ninguna historia
vuelve a dormirse en la ceniza,
Ay… no se duerme…
que toda mujer es orilla y es cauce,
madre… malembe…
malembe… tierra…
memoria… palabra…
y que el tiempo
—tic… tac…—
ya no se mide en relojes,
sino en fuegos que aprenden a no apagarse.
y que el tiempo
—tic… tac…—
ya no se mide en relojes,
sino en fuegos que aprenden a no apagarse.