Es un racimo de ilusiones contra el muro,
un mapa de carne que se inventa,
un niño que es, en el fondo, un ancla
lanzada hacia el centro del mundo.
El niño no ríe,
el niño vive.
Busca en la palabra un brazo donde sostenerse,
un alfabeto de astros para no ver el techo,
ese cielo de sueños, esa lápida diaria
donde la tarde muere sin dejar un rastro.
¡Oh, su puño cerrado sobre el vacío!
Cree que es de hierro, que su capa es fuego,
pero es solo una fantasía, en la trama del tiempo.
Llama al superhéroe para ocultar la ausencia,
para poblar el aire de astillas brillantes,
mientras la casa, ese escenario de fuego y aventura
alimenta sus pasos con anhelos de siglos.
Repite el juego para no ser estatua,
repite el nombre para no ser olvido,
repite el rastro,
repite el llanto,
repite el asombro de estar vivo
en este naufragio entre muebles y esquinas.
Su alegría es un relámpago en la penumbra,
una breve chispa de fósforo en el lodo,
una aventura de polvo y de palabras
que vuelan,
que se esconden,
que nos recuerda la infinidad de un beso