Matias 01

OTOÑO (letargos)

Ha despertado la mañana con un horrible letargo,

sin ningún ¡ay!

sin ruido, como si en toda la noche se hubiera asentado

el ocaso y la resaca de un viejo dolor

que nos arrastra y deja mudo.

El gris inunda los techos, también las hojas muertas

y los colores resecos de los árboles,

y las frentes arrugadas

y los capullos que nunca serán flores.

 

Es difícil escribir, no se puede en este lugar

que parece sala de espera,

donde la melancolía le va secando a uno la sangre

y los pasillos te invitan a dormir

mirando en la tv noticias de muertos,

de hombres tristes

fumando cigarrillos

y compartiendo la humedad y alguna amarga botella

de cerveza.

 

No lo sé, a veces siento que el cuerpo se agota más

con el jalar de los días

y cada vez más

cuando la memoria discretamente va desalojando

rostros

en el espejo que se opaca y se hace gris con virulencia.

A veces creo que la ausencia crece más cuando

recordamos,

cuando intentamos recoger nuestros pasos idos

y aun así se nos escapa

 

“Llegué al sanatorio a visitar a mi doctor,

después de 6 meses de estar equilibrado, tranquilo,

sin sentirme acosado ni mirar a nadie por el rabillo

del ojo.

Y un “primo” está allí, mirando el jardín, en silencio,

desde una ventana del piso 2.

Está como hipnotizado, con la mirada fija, persistente

hacia un lugar indeterminado y la verdad no está

mirando nada -yo sé de eso, a veces estaba igual-

pero en su mente debe estar ocurriendo algo,

un remolino de muchas cosas, que tienen ocupado

a sus sentidos, sin escuchar a nadie.

Es David un muchacho de unos 35 años, padece

de esquizofrenia y depresión,

le dieron de alta 2 meses antes que a mí y me contaron

que, desde hace un mes está de regreso,

ha recaído porque su novia lo había engañado…”

 

Le han puesto un cuerpo al letargo, a la mirada gris,

al sin sentido, a la herrumbre, al sabor de arena

de la tarde.

Llega el aire y duele en los oídos como aliento

melancólico,

más que el silencio,

más que el camastro donde uno se duerme cansado

y hiere más que la fidelidad de la almohada

como si hubiera allí, debajo, una guarida de abejas

asesinas

 

“Debería estar preparando el café cargado, el pan,

el jamón especial que tanto le gustaba

en el lonche de la tarde,

ella debería estar sonriéndome, murmurando algo

con su pelo suelto,

y los pies desnudos sobre el sofá o la cama.

Mi padre podría haber estado jugando con sus nietos

o quizás dándole maíz a los pollos

en el pequeño corral de su casa como cada día

lo hacía

o tal vez, quizás, sentado,

leyendo algunas de sus viejas selecciones readers digest.

Y tal vez mi hermano Demetrio estaría arremolinado,

bebiendo alguna cerveza con sus amigos

o haciéndole bromas a mis otros hermanos,

en medio de estruendosas risas,

bajo un sol ardiente de verano y flores amarillas…”

   

Ya nada de esto pasa, el día es pobre, es un océano

sin barcas, mientras una cadena nos arrastra

hacia una enorme distancia, lejos de la realidad.

 

Difícilmente se puede omitir al tedio y la languidez

de la noche

¿Dónde estará la lluvia y donde los pájaros amarillos

que toda la tarde durmieron bajo las sombras?

¿Qué serán de las voces con su carga de palabras

sobre los ciervos de los años

que siempre regresaban para recordarnos

como se deben sacudir los árboles con el aire

de nuestra respiración?

 

“Mi madre solía cocinar por las tardes, como descansando

después de dejar su máquina de coser,

a veces simplemente un poco de arroz graneado

y huevos fritos, acompañado con agua de cedrón,

manzanilla, anís o cualquier otra hierba

y la mesa parecía de la ultima cena con mi padre

a la cabeza

y disfrutábamos mucho…

A veces tarareaba algunas canciones en quechua

de su niñez triste, recordando quizás a mis abuelos

en la vida rural, dura, del campo.

Aun ahora a sus 84 años, trastrabillando sus pasos,

cocina un rico caldo de gallina, un ajiaco de olluco

o cualquier comida tradicional de su tierra

que se perderá cuando ya no esté por estos lares.

Sus horas son largas mientras va contando los días,

tejiendo algo para sus bisnietos,

acompañada de retratos que aun sonríen…”  

 

El invierno asoma con sus nubes manchadas,

como ubres cargadas de pequeñas tempestades

y también los aires cortantes

subordinados al frío que enmudece todo sufrimiento.

Asoma, pero no llega.

 

“Mi silencio no es silencio, es una pausa, solo eso.

Y sobre esta pausa ascienden

los recuerdos azules,

los gusanos grises después de una palada de tierra,

los rostros que parecen buscarme

y las descalzas lluvias de mis pesares…

¿Por qué algunas veces me despierto queriendo ir

a la universidad de nuevo

y en otras

estoy perdido, sentado en una banca o sobres raíces

de un viejo árbol,

mirando el horizonte y a un pájaro negro cansado

de volar, acomodándose en su nido?

 

“Mi silencio no es silencio, es el espacio por encima

del aire donde las cicatrices

se separan de las caras y las aguas cristalinas

se evaporan en las luces diurnas de los ojos…

Nadie sabe cuánto pesan los brazos distantes, fríos,

ni cuánto cuesta levantar los pies, los zapatos

polvorientos, mansos, viejos,

cada vez que un clavo enmohecido nos mira

en la oscuridad que nos va tragando”

 

La inexpresiva faz del horizonte dice mucho, el día

rocoso, extremo

anuncia sequedad, arena de lamento,

miedo atándose al cuello de los que van camino

al trabajo,

de los que suben a los ómnibus repletos de olores

de axilas y zapatos viejos.

 

“Hay una columna de hormigas detrás de la cocina

deslizándose

como una manada de potros salvajes hacia el césped

del jardín.

Podrían arrastrarme, hacer que olvide este día

indolente, de tedio,

de muerte espolvoreando sus semillas,

podría ir detrás de ellas, rozar sus cielos de tierra  

y llevar algo de comida a sus despensas.

Pero solo puedo salir descalzo, con el largo silencio

de las lluvias, hacia el lugar marchito de las flores

donde el sol se abandona

y las sombras llegan aprisa a recoger los números

del reloj que se van borrando.

Mi padre me enseñó a ser duro, a masticar las palabras,

a buscar refugio en uno mismo

y de mi madre heredé su sensibilidad y la forma

de callar ante el dolor y aprendí a ofrecer, a dar…

De la vida he ido recogiendo todo, el sabor amargo

bajo la lengua, la sensación de ser inoportuno,

el aire del destierro,

además de la presencia de la ausencia y el aprendizaje

de la sangre que ha recorrido demasiado”

 

“Dios, porque me ha tocado este tiempo y este aire

de tantas plegarias,

de demasiadas tumbas,

de humanidad atroz que no cesa de ser bárbaro

¿Qué será?

La ausencia me hace silencioso, gris, oscuro

pero no me hace cruel

¿De dónde viene todo eso? ¿De dónde…?”