Esa luz añil,
esa hora —hora añil—
que crepusculea la tarde,
esa serenidad, amable,
inundando la atmósfera,
rosa, descanso del guerrero.
Esa luz, entrando mi cuarto,
que llena el conjunto vacío
de mi estancia —tal y cómo
Velázquez para sus meninas—,
que me invita a parar carros,
carretas, a resumir la jornada.
Ese añil transpirando los poros,
esa cena, que humea la cocina,
ese esfuerzo diario, que se abrocha,
esa antorcha, ese no pensar,
pensando.
Esa hora añil que penetra,
galopante caballo, mi ventana.