El rocoso rostro de la mentira
y el brumoso valle excavado en la duda
se han imprimido en la piel rasurada
y curtida del mendaz histrión.
El negro disco de la pupila hiende
la intimidad hasta abismos abisales.
Allí busca fuentes de la violencia
proyectadas en el orgullo altivo.
Nada ensucia la retina que ve
la arrasada trastienda del horror.
Sus ojos, diáfanos hasta la nada,
contenían los paisajes, olvidados
en la tarde, empapados de nostalgia.
No ocultaban historias archivadas
de una vida que brilla en la lágrima
narcisista del bribón codicioso.
No niegan lo que ven. No censuran.
Miran por ver qué pueden obtener.
Como cuévanos vacíos de una momia
reseca en el tiempo deshabitado,
entradas a ciudades subterráneas
que huyeron de la luz al oscuro miedo,
como negro cielo de Luna Nueva
que cabalga por la noche de Enero,
como fría nada sin luz, sin vida,
y sin el alma que todos tenemos.
Sin alma. La narcisista soberbia
que hace del hombre perverso instrumento.