Su belleza es como un claro en la montaña,
donde el alba se queda suspendida,
y mi alma peregrina y temblorosa
se arrodilla sin saber por qué la mira.
Hay en su rostro un lirio silencioso,
una pureza antigua y escondida,
como si Dios, en íntimo desvelo,
hubiese puesto en ella su caricia.
Y yo la contemplo
como quien bebe en fuente cristalina,
repitiendo el instante dulcemente,
prisionero feliz de su neblina.
No puedo ya olvidarla;en mis entrañas
su imagen arde, suave y encendida,
y vuelve a mí, como una brisa leve,
a trastornar la paz de mi vigilia.
¡Oh dulce hechizo de su forma pura,
oh leve mal que al alma dulcifica!
Que en su mirar hay bálsamo y veneno,
y en su hermosura, eterna melodía.
Y así me pierdo, dócil y rendido,
sin ansia de salvarme en la partida
pues si es su belleza mi adicción y mi delirio,
¡bendita sea la herida!