El hombre de la orquidea

Crónicas de tres cunas: nacer y renacer

I. La cuna de carne 

Hay muros que custodian el eco de la vida,

en el Hospital Viejo de mi amado rincón;

donde la luz del mundo, por vez primera asida,

le dio a mi tierna carne su propia pulsación.

Entre el olor a éter y el rezo de mis padres,

comenzó mi trayecto de sombra y de rigor;

bajo el manto sagrado de místicas comadres,

que tejieron mi cuna con hilos de fervor.

II. El legado de adobe

Gualaceo me dio, con caridad bendita,

un refugio de barro, de fe y de oración;

donde el trazo arquitectónico de Stiehle su majestad habita,

en planos de hidalguía y de santa intención.

Fueron las Madres Dominicanas, con manos de esperanza,

quienes alzaron muros con plena donación;

unión de lo social con la divina alianza,

mucho antes que el Estado cumpliera su función.

III. El altar de las ruinas

Hoy paso ante sus restos y el pecho se me aprieta,

al ver que el Moreno Vázquez sucumbe ante el olvido;

sus paredes que lloran, cual alma de poeta,

un tiempo de grandeza que el viento ha sacudido.

Para el mundo son sombras, escombro abandonado,

pero es el Altar Santo de mi primer hogar;

aunque el adobe caiga, por siglos desgastado,

mi dignidad de origen nadie podrá borrar.

IV. La Cuna del Espíritu (San Francisco Bajo)

Nadie nace una sola y definitiva vez,

si el hospital dio carne, el barrio dio el espíritu;

en San Francisco Bajo vencí mi antigua escasez,

mi Pascua personal y mi místico hito.

Es allí, en sus calles de luz y de febrero,

donde el \"hombre sin rostro\" vio la faz del Señor;

y el hilo rojo, libre de nudos y de acero,

se trenzó con la Gracia y un eterno esplendor.

V. El rumor de La Banda

\"La Banda\" me esperaba con música de río,

rumor del Gualaceo que es canto y es latido;

estación de mi alma, puerto del navío,

donde el templo interno por fin fue reconstruido.

A orillas de ese cauce que ruge o que susurra,

hallé el espacio exacto para volver a ser;

donde la paz del cielo en el agua se escurre,

y el alma, tras la sombra, vuelve a florecer.

VI. El puente de la fe

Aunque el barrio presente sus grietas en el suelo,

y el riesgo de la orilla amenace el andar;

su vista hacia la corriente es un trozo de cielo,

donde el abismo y la gloria aprendieron a habitar.

En \"La Banda\" entendí, cuando el paso era incierto,

que la fe es el puente que cruza cualquier río;

¡y en San Francisco hallé mi jardín y mi puerto,

venciendo para siempre al vacío y al frío!

VII. El hombre de esperanza

No es solo geografía lo que el pecho reclama,

ni es simple nostalgia de muros y de cal;

es el fuego sagrado que en mi tierra se inflama,

mi nueva estatura de fibra espiritual.

Si el niño fue de adobe, el hombre es de esperanza,

templado en el yunque de un místico crisol;

donde el dolor antiguo perdió su vieja lanza,

bajo el abrazo eterno de un nuevo y claro sol.

VIII. La ciencia de ascender

Bendigo cada piedra de mi San Francisco,

sus cuestas que enseñan la ciencia de ascender;

donde no importa el riesgo, la sombra ni el refugio,

si el Capitán del alma nos manda a renacer.

Ya no busco en las ruinas lo que el tiempo deshizo,

sino en el cauce vivo que fluye sin cesar;

pues Dios en estas calles Su pacto santo hizo,

y en este suelo amado me dio un nuevo hogar.

IX. La frente lavada

Hoy miro al Hospital con la frente lavada,

sin queja por los años de sombra y de rigor;

pues cada herida abierta fue puerta señalada,

para encontrar la fuente de Tu inmenso favor.

Soy hijo de este valle, de fe y de herencia pura,

obrero del silencio que aprende a caminar;

vistiendo los harapos de una antigua amargura,

que hoy son blancas vestiduras para el altar.

X. El centinela del mañana

Me quedo en \"La Banda\", velando la corriente,

siendo el testigo humilde de lo que ha de venir;

con el ayer sanado y el alma bien presente,

listo para la vida... ¡listo para vivir!

Tres cunas me formaron, tres cauces me sostienen:

el Hospital de carne, el Barrio de la fe;

¡y aunque los vientos recios con fuerza siempre vienen,

en la roca de Cristo... mi espíritu está en pie!

XI. La cuna de la gracia 

Más hay una tercera y definitiva cuna,

alzada en el silencio de esta Semana Santa;

donde no brilla el sol ni la pálida luna,

sino el fuego del Padre que al caído levanta.

Fue el Sagrario mi asilo, la Cruz mi madero,

el lugar del entierro de mi antigua aflicción;

donde el hombre de sombras, el duro viajero,

entregó sus harapos por la redención.

XII. La muerte del pecho de piedra

Murió el hombre viejo de pecho de piedra,

aquel que cargaba el trauma y la hiedra;

sepulté los \"porqués\" y la amarga cadena,

en el Viernes Santo de sangre que borra la pena.

¡Qué dulce es la muerte cuando es para vida!,

cuando el ego sucumbe a los pies del Señor;

dejando que el alma, por fin restaurada,

nazca en el Sábado de Gloria de un místico amor.

XIII. El hombre de Pascua

Hoy la tercera cuna es mi pecho encendido,

el Domingo de Gloria me ha visto nacer;

ya no soy el esclavo del tiempo perdido,

soy el hombre nuevo que empieza a creer.

Lavo mi frente en el río sagrado,

aquel que en \"La Banda\" me vio caminar;

con el ayer vencido y el hoy perdonado,

listo para el mundo... ¡listo para amar!

XIV. El triunfo de la vida

Tres cunas me hicieron: la carne, el barrio y la fe,

Gualaceo es el mapa de mi eterno retorno;

donde el niño de adobe por fin se puso en pie,

y el hombre de Pascua dejó su trastorno.

Me marcho en la brisa, testigo del trigo,

de este milagro que Dios en mí obró;

con Cristo en el alma, mi puerto y amigo,

¡la muerte ha pasado... la Vida triunfó!