Poetas, poetas, poetas,
poesías, poesías, poesías,
vienen y van como algarabías,
briznas de bruma que besan el día,
rumor de alas que no hacen nido todavía.
Y yo,
con la tinta temblando en los dedos,
te nombro -poetiza de párpados de plata-,
mientras la noche, lenta, me ata
con su música muda y su miel desata.
Si sabes
que tú y yo nos escribimos tanto,
que en tus trazos me escondo y me encanto,
que bebo tu voz -violeta y fragante-
cada vez que despierto en mi llanto,
como quien halla la luz en tu canto,
¿por qué persistimos
en esta distancia de dardos y dudas,
en la danza de frases desnudas,
donde el alma se vuelve excusa
y la piel se rehúsa?
Arrodillo mi verso ante tu música,
y bebo despacio tu estación de sol:
sabe a oro tibio, a lento arrebol,
a un claro latido de girasol
que en mis labios enciende su alcohol.
Pero algo cruje.
No quiero tu imagen intacta en vitrales,
ni el eco elegante de amores verbales;
prefiero el temblor de los gestos reales,
la herida sin nombre, los pulsos iguales.
Dejemos de evadirnos,
de distraernos tanto,
de ser solo un canto que huye en su encanto;
seamos uno del otro -sin verso ni manto-,
como llama que enlaza su llanto.
Que callen las cornisas de tinta tardía,
que caiga la cáscara fría del día,
y en vez de escribirnos con fría armonía,
seamos latido,
seamos herida,
seamos dos cuerpos rompiendo la poesía.
Poetas, sí…
pero al fin, todavía,
carne que arde y se nombra sin alegoría.
JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026