JUSTO ALDÚ

DOS POETAS, UN DESTINO

 

Poetas, poetas, poetas,

poesías, poesías, poesías,

vienen y van como algarabías,

briznas de bruma que besan el día,

rumor de alas que no hacen nido todavía.

 

Y yo,

con la tinta temblando en los dedos,

te nombro -poetiza de párpados de plata-,

mientras la noche, lenta, me ata

con su música muda y su miel desata.

 

Si sabes

que tú y yo nos escribimos tanto,

que en tus trazos me escondo y me encanto,

que bebo tu voz -violeta y fragante-

cada vez que despierto en mi llanto,

como quien halla la luz en tu canto,

 

¿por qué persistimos

en esta distancia de dardos y dudas,

en la danza de frases desnudas,

donde el alma se vuelve excusa

y la piel se rehúsa?

 

Arrodillo mi verso ante tu música,

y bebo despacio tu estación de sol:

sabe a oro tibio, a lento arrebol,

a un claro latido de girasol

que en mis labios enciende su alcohol.

 

Pero algo cruje.

 

No quiero tu imagen intacta en vitrales,

ni el eco elegante de amores verbales;

prefiero el temblor de los gestos reales,

la herida sin nombre, los pulsos iguales.

 

Dejemos de evadirnos,

de distraernos tanto,

de ser solo un canto que huye en su encanto;

seamos uno del otro -sin verso ni manto-,

como llama que enlaza su llanto.

 

Que callen las cornisas de tinta tardía,

que caiga la cáscara fría del día,

y en vez de escribirnos con fría armonía,

seamos latido,

seamos herida,

seamos dos cuerpos rompiendo la poesía.

 

Poetas, sí…

pero al fin, todavía,

carne que arde y se nombra sin alegoría.

 

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