OFICIO DE CIRUJANO
No necesito la herida,
ni esa roja elocuencia desbordada
para que me crean.
Basta de gritos
y de esa costumbre de desgarrarse en público,
como si el dolor, por exhibirse,
ganase profundidad.
Hay una trampa en la sangre expuesta:
se vuelve argumento,
espectáculo.
Y la palabra —pobre animal—
termina comiendo de la mano del morbo.
Desconfío de la víscera inmediata,
de la lágrima con buena luz,
de ese temblor que sabe exactamente
cuándo caer sobre el verso.
Prefiero el rigor de la sombra:
cómo la herida se organiza sola,
cómo aprende a mentir con elegancia.
Escribir —lo sabes—
no es sangrar:
es administrar la sangre.
Elegir qué gota cae
y cuál se retira a tiempo.
El buen actor no muere:
finge con tal rigor
que el público olvida su pulso.
Así el poema:
no requiere lo vivido
para doler con exactitud.
Le basta una memoria prestada,
una imaginación entrenada.
Que la herida no grite: que respire.
Que no se exhiba: que sugiera.
Que no sangre en vano.
Que administre su condena
como un actor antiguo
que muere cada noche
sin haber muerto nunca.
Entonces el poema ocurre.
No como testimonio,
sino como engaño perfecto:
la verdad, astuta y silenciosa,
se hace pasar por ficción
y nos corta
sin mostrar el cuchillo.